Fotograf?a profesional

Un paseo En Tres Dimensiones Por La España Del XIX

La primera película con argumento fue Riña en un café (1897), del fotógrafo y director barcelonés Fructuós Gelabert Hizo uso de vistas” y panorámicas” de Barcelona y sus alrededores, aunque durante un tiempo siguió los modelos franceses con abundantes procesiones religiosas.

Lo habíamos hecho un millón de veces sin preservativo, pero notarle así en aquel momento, húmedo de mí, deslizándose sin nada entre los dos hasta lo más hondo… me calentó mucho. Volví a tocarme a mí, abriendo las piernas tanto como podía y él se agarró de mis nalgas para llevarme al suelo, sobre la alfombra. Nadie supo nunca que nosotros estrenamos aquella habitación de esa manera, pero mucha gente lo visitó en los siguientes días.

En cuanto me dejé caer exhausta sobre el suelo, desmadejada, Hugo salió de mí y tocándose a sí mismo con rapidez, eyaculó sobre mi vientre y muslos entre gemidos ahogados y graves. Yo tenía dos, a falta de uno, pero nada como una habitación para mí sola, para cumplir con parte de esos detalles de mi cuento de hadas que prometió. Y, además, admitámoslo, el hecho de que ella se negara con tanto ahínco, lo convirtió en un juego en el que yo quería ganar.

Estaba habituado a compartirlo todo con él y aún no me había acostumbrado a que él no estuviera allí para vivirlo conmigo. Bueno, es obvio, quería engañarme a mí mismo y a mis adentros, pero es imposible pasar por alto el hecho de que Nico era para mí mi hermano. Pero es que… echar a tu hermano de tu vida con la seguridad de que es la única opción para que sea feliz… ya es sui géneris de por sí.

Aquello nos costó una bronca, porque lo cierto es que me hacía sentir inseguro, como un crío enamorado hasta las trancas que ha convencido a la chica de su vida para que salga con él, pero que no las tiene todas sobre si durará. Así que aunque me prometí tratar el tema con tranquilidad, terminamos gritando como dos jodidos locos antes de joder como bestias encima de la alfombra. Tiramos una botella de tinto sobre su esponjoso tejido con el movimiento y para terminar de arreglarlo me corrí por allí. La siguiente discusión, por cierto, se saldó con la rotura catastrófica del sofá.

Una cosa es ir a la tintorería para que quiten una mancha de Ribera del Duero y otra muy distinta es hablar de semen. El caso es que nuestra boda podría ser todo lo extraña y sobreactuada que quisieras, pero había cosas que debíamos hacer por el camino tradicional, como ir a ver a los padres de Nico para decírselo en persona, porque eran lo más cerca que yo tenía de unos padres. Aquella canción hablaba de quienes fuimos de la misma manera que las paredes de la casa de sus padres siempre retendrían dentro los fantasmas de esa relación.

Íbamos de vez en cuando a su casa, pero siempre me invadía la misma sensación de melancolía, como la que te azotó al final de un verano en el que te enamoraste a rabiar de alguien a quien no volverías a ver. En la cocina estaba sentado de espaldas a la puerta el padre de Nico, dándole vueltas a un café para diluir las dos cucharadas de azúcar que siempre se ponía. Alba cortó el momento de tensión dándole el tarjetón después de los dos besos de rigor. Nada ostentoso pero un poco a la americana; Alba había sido muy clara: si íbamos a casarnos debíamos hacerlo con todo lujo de detalles para poder reírnos a gusto durante los años posteriores.

Nada de pasar vergüenza enseñando las fotos de la ceremonia, porque serían testigo de lo locos que estuvimos. Una borrachera para los sentidos y un buen rato, para sonreír y seguir adelante con nuestra vida. Se miraron entre ellos en un gesto cómplice pero melancólico, como si los dos compartieran una pena. No recuerdo si comí mucho, poco nada de lo que la madre de Nico había preparado para nosotros.

Mi mujer era la que tenía al lado en el colchón en aquel momento, esa chica morena con los ojos rasgados pero grandes, con la piel de la porcelana cubierta de rubor y una capa de sudor de los dos, jadeante y feliz. Pero claro, son cosas que yo aún no sabía, como tampoco sabía que aquella noche Haruko se quedaría embarazada. La noche anterior habíamos cenado un poco de más y me había dicho al acostarse que se encontraba muy pesada. Ella estaba muy decidida a marcharse, pero supuse que necesitaría a su madre cerca después del parto.

Ella tenía que ir a una sesión de fotos en Tokio y era una ocasión especial para Haruko, ya que lo haría junto a uno de los actores internacionales de moda y las fotografías saldrían en la versión japonesa de Vogue. Me sorprendió que tardara tanto tiempo en vestirse después del maquillaje y la peluquería pero aún me sorprendí más cuando mandó a una chica del equipo a por mí. Me encontré a Haruko parapetada dentro de un cuarto de baño llorando a mares. La única decisión madura que tomé entonces fue retrasar la idea de mudarnos a Estocolmo para después del parto.

Por poco no me descojoné en su cara por la expresión, como si quisiera decirme que tenía un alien en su interior, pero gracias al cosmos tuve el atino de coger aire y fingir una sonrisa cortés en lugar de la carcajada que empujaba por salir. Así que la única decisión madura que tomé se fue al garete, porque hicimos justo lo contrario… acelerarlo todo para que la mudanza no la pillara con el embarazo demasiado avanzado. Verla llorar sola en el salón de nuestra casa en Suecia era una sensación horrible… sentía que estaba reteniendo su felicidad, siendo responsable de su desgracia… me recordó demasiado a cosas del pasado.